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domingo, 5 de septiembre de 2010

Mineralidad absoluta (el cristal se venga) - José Luis Brea

ORIGINAL: SalonKritik
Septiembre 04, 2010

[José Luis Brea uno de los teóricos-críticos más lúcidos de nuestra época se ha ido. José Luis Brea ha sido, es y será un ser Único. Tan riguroso y exigente con él mismo, como con los otros. La mayoría de las veces más consigo mismo. Mucho más generoso que exigente. José Luis siempre creyó en el pensamiento libre, en la forma rizomática, en el hacer compartido, en las formas narrativas dentro de nuestra cultura y la generación y distribución del conocimiento. Sus ideas, siempre profundas, siempre iluminadas e iluminadoras, también polémicas y muchas veces incómodas, han inspirado (e inspirarán) a espíritus inquietos y ávidos de criticidad de todas las generaciones y molestarán un poco en el ámbito político e institucional. Sin embargo, José Luis Brea siempre defendió sus ideas con valentía y coraje. Hizo muchas cosas, imposible enumerarlas todas aquí. Recomendaríamos la lectura de su último libro Las tres eras de la imagen pero todos sus libros son brillantes y hermosos. Fue un defensor de la Universidad, de la formación, del debate, de la escritura, del compromiso, pero por encima de todas esas cosas tan importantes, su campo de batalla fue por la afirmación de una vida feliz y construida en el amor. Hoy nuestra tristeza es infinita, pero la potente luz de sus ideas y el deseo de que su pensamiento resuene y su escritura, su voz más dulce, íntima y poderosa, sea eterna, nos da fuerza.

Este texto que les enviamos hoy, José Luis lo dejó preparado para el envío de la columna de sK, domingo festín caníbal y completa la serie de reflexiones acerca del "Pensamiento libre".]

El cristal ríe –decía Smithson.


Hay toda una lógica de la producción de estructuras dinámicas que tiene en contradecir su destino aparente –en la entropía, en el devenir carente de la capacidad de obrar- su gracia. Es cierto que podemos considerar ese comportamiento avieso, contradestinal, una jugada humorística.

Acaso sobre todo en el sentido humoral: como un tender a lo líquido –también para la física del estado sólido, del –incluso diríamos- el más sólido de los estados posibles. Pongamos que se trata sobre todo de un aflojamiento de las estructuras, que hacen que todo lo que parece tender máximamente a la estabilidad, la homeostasis, la auto-contención de todo juego de fugas y derivas –conoce a la postre dinámicas de erosión o transformación interna, estructural, que lo liberan de una forma de ser que no tendría gran diferencia en su modo del no estar siendo –no devenir, no ser su propio juego del diferiri de sí, ya en cuanto al tiempo, ya en su molecularidad más propia e insistente- con la más perfecta e implacable nada.

Lo que me gusta de ese experimento interior al que incluso lo más crudo y rancio de lo que es, lo mineralógico si se quiere de una materialidad absoluta, … piensa al hacerlo -derivar, estar, fluir también. En efecto, en ese movimiento en que todo crece -¿quién puede observarlo?, decía Nietzsche- todo piensa, todo conoce, todo es conocimiento y productividad de sentido …

O pensar, quiero decir, es también esa movilidad imprevista de lo que tendería a depotenciarse hasta el absoluto, hasta el cero de la nada de pensamiento, estupidez profunda y misteriosa de lo imponderable, negra noche de un agujero oscuro en el centro de la materia.

Pero no: incluso en ese núcleo se aborta luz, chispas sinápticas que incurren en direcciones evolutivas imprevisibles –y cada una de ellas diferencia un sentido. Incluso allí –vive la negentropía, canto daliniano de la catástrofe matemática de lo material como territorio de afloramiento de un logiciel –de una presintaxis- en la propia arquitectura formal del hard, de la materialidad rala y mera –de cristal o figura relacional cualfuera, red de puntos interconectados.

Me interesa decir que ésa es la sede más extraña de un inconsciente –que también nos interpela, que también es nuestro: que también porta en sus arquitecturas –pongamos el sistema de los objetos- el testimonio y el arañazo del sentido: del querer decir que –como la trackleana cuchillada de fuego- también atraviesa y desgarra a todo aquello que en apariencia es mudo e insensible

No sólo –entonces- un ics que nos retrotajera hacia animalidad perdida –qué innecesario salvarnos de la bestia dentro: qué escolástico y venial-, sino éste que nos trae mineralidad olvidada. Hay un ics funcionando en nuestro cuerpo sin órganos, sí, que juega la potencia de discurso de lo puro mineral, de lo material absoluto. Y él no sólo dice un saber del ser telúrico y contracenital –ese saber, el más mistérico, que responde a la pregunta primera por excelencia: por qué el ser y no más bien la nada- sino que porta al mismo tiempo la sabiduría de toda época, tal y como ella se transfiere, por la vía de la producción técnica, desde el funambulismo capcioso del juego del pensamiento –a las arquitecturas consteladas concretas en su frugalidad perecedera, asiento fugacísimo de los gestos que trasponen el pensamiento desde la territorialidad de lo psíquico desgajado de mundo … a lo puramente mundo, colonia de la tierra.

Y es un inconsciente que, en efecto, y a diferencia del animal (fundamentalmente reproductivo), es productivo. Fundamentalmente ríe, asentado en los objetos, en las materias producidas: juega siempre con el porvenir y nunca con la nostalgia rememorativa de ser lo que ya hubo sido, retenido en la pasión de su permanencia (instinto de conservación, lo llamarían) … Pero este ics enuncia sólo enuncia el sentido hacia delante: es inventivo, es acaso un inconsciente político, porque sólo siente la nostalgia de lo que no hay. Es pensamiento técnico, es la forma en que lo técnico … es fundamentalmente pensamiento, obraduría de concepto.

Ningún pensamiento que no escuche ese sonar de las cosas, ese decir el sentido que cobra cada articulación del sistema de los objetos como escenario de pregnancia del sentido, de aterrizamiento en materia de la fuerza de los conceptos, sería para siempre ciego a su propia elucidación –por perder el escenario de plasmación efectiva por excelencia de lo que se piensa, se quiere, se desea o se simboliza … en el registro en el que todo ello, cobra cuerpo. Materia. Mineralidad absoluta.

lunes, 24 de mayo de 2010

Tres grandes retos para el análisis y la crítica cultural. Por: José Luis Brea

ORIGINAL: Salon Kritik


De todos los factores que determinan una radical transformación de las condiciones en que puede ejercerse la crítica cultural en nuestro tiempo, consideraré aquí únicamente tres.

El primero, lo que para el espacio y la práctica de la crítica puede conllevar la transformación tecnológica de los dispositivos de gestión, producción y distribución del conocimiento: tanto el de las prácticas productoras de simbolicidad –por la mediación de relatos o formaciones de imaginario- como el de los propios discursos de saber acerca de ellas. El reto aquí es implicarse en el designio epocal que hace que la producción de conocimiento se disponga en el espacio de los usos de una tecnología -que, guste o no, determina la configuración contemporánea de las formas de saber- pero sin rebajar por ello la exigencia de rigor epistémico y crítico para el trabajo del análisis. Al extremo opuesto, el desafío es explorar en qué medida tal determinación tecnológica –de producción cognitivo discursiva- puede obrar todavía a favor de un proyecto mantenido de desmantelamiento sistemático de la arquitectura tradicional –la heredada del programa de la metafísica occidental- de las formaciones de representación.

Segundo: la transformación geopolítica del mundo contemporáneo y la creciente dinamización de los flujos de personas y producciones simbólicas, en lo que propicia un estado cada vez más fértil de entrecruces y choques productivos –por supuesto no exentos de una dimensión conflictual- entre las distintas “culturas” y modos de comprender el mundo propios de las diversas comunidades y formaciones de sujección colectivas (no sólo articuladas por las más tradicionales diferencias de etnia, nacionalidad, género o creencias religiosas, sino también por una constelación de diferencias de orden “micro”, marcadas ahora por las elecciones activas de cada cual en los procesos de identificación y autoconstrucción personal). Diría que de ese entrecruzamiento febril que forja el marco de la contemporánea condición multicultural se sigue para las capacidades de ejercicio de la crítica y el análisis cultural un doble efecto: de un lado, la exigencia de revisar la herencia de la teoría crítica a la luz del reconocimiento de un estadio poscolonial para las formaciones de saber, en el que las premisas básicas de una cierta concepción del “hombre” –como fundamento de un proyecto crítico- han de ser ahora enmarcadas en sus dependencias e intereses, poniendo su tutelaje y dominancia en la persectiva de su pertenencia intraparadigmática -como mitologema propio- al dominio de una tradición cultural bien específica, la de la modernidad europea. A partir de ello, el desafío es el de simultáneamente respetar la consideración en igualdad de cada una de las distintas formaciones culturales –en la dispersión fertilizada de sus divergencias y entrecruces- y, a la vez, mantener la vocación de “superar” el puro relativismo del “todo vale” en ese orden de complejidad. El gran reto para los estudios críticos es, así, estipular unos protocolos procedimentales que, en su arquitectura estructural, posibiliten escapar al “relativismo cultural” sin recaer en la he! rencia de lo que podríamos llamar un cierto “colonialismo epistemológico”.

Y finalmente, tercero, la toma en cuenta de la “retroimplicación” de prácticas culturales y la “nueva economía” característica del capitalismo cognitivo avanzado. Si por un lado las producciones culturales gustan de presentarse como escenarios de resistencia a las formas de la economía, por otro se hace cada vez más necesario poner en evidencia que la forma por excelencia de mercantización característica de nuestra época es precisamente la que concierne a las formaciones de imaginario, en tanto constitutivas del armazón de que los sujetos se sirven en su autoconstrucción –o en los procesos de identificación mediante los que se integran en unos u otros colectivos o comunidades de reconocimiento. De tal modo que la apariencia de ejercer “resistencia” a la economía es para ellas, en gran medida y en la mayoría de los casos, una coartada requerida, si no la condición misma que adopta la forma-mercancía en su especificidad epocal propia, en lo que ella se prefigura y despliega en el dominio de las economías de la experiencia –rendidas a la institución de identidad. El reto aquí es proveer un utillaje –conceptual, epistemológico- y unas estrategias de distanciamiento crítico que no sólo permitan acotar y desarbolar la implicación de superficie entre economía tradicional (de objeto: mercados del arte, el espectáculo o el entretenimiento) y producción simbólica, sino también la de la más compleja y sutil forma de implicación que la declaración de criticidad o resistencia por parte de las prácticas encubre, en el contexto de una nueva economía (de sujeto ahora) de las subjetividades, como es la contemporánea.

En su especificidad propia, los estudios críticos visuales buscan centrar esta interrogación –este conjunto de interrogaciones- en un escenario orientado a los problemas relacionados con la cultura visual, la prácticas artísticas y de representación contemporáneas, buscando analizar, desentrañar y desocultar el conjunto de estrategias, intereses de hegemonía y dominación, y las dependencias de todo orden -técnicas, políticas, ideológicas, económicas …- bajo las que tales prácticas simbólicas y generadoras de imaginario se producen e instituyen.