viernes, 23 de julio de 2010
Un arte fuera de sí - Iván de la Nuez
La imagen-(contra)tiempo - Miguel Á. Hernández-Navarro
Por Lucrecia Piedrahíta
Julio 12, 2010 Mirada Crítica

lunes, 12 de julio de 2010
Icono mutable. El nuevo MAMM. Por: Lucrecia Piedrahita para el periódico Arteria-Bogotá
El nuevo MAMM
Por: Lucrecia Piedrahita.

Foto por Hernán Bravo Restrepo
“De hecho, lo que está sucediendo es que la propia presión tecnológica está suscitando la necesidad de encontrar y desarrollar otras racionalidades, otros ritmos de vida y de relaciones tanto en los objetos como en las personas, en las que la recuperación de la densidad física y el espesor sensorial son el valor primordial…”.
Des-figuraciones de la política y nuevas figuras de lo público.
viernes, 9 de julio de 2010
Mitchell Joachim: No construya su hogar, ¡cultívelo!
martes, 6 de julio de 2010
Benoit Mandelbrot: Fractales y el arte de las asperezas
jueves, 1 de julio de 2010
"Señor, su hígado nuevo ya está listo"; la Bioimpresión, tras bambalinas







SAN DIEGO Say goodbye to donor lists and organ shortages. A biotech firm has created a printer that prints veins using a patients' own cells. The device could potentially create whole organs in the future.
"Right now we're really good at printing blood vessels," says Ben Shepherd, senior research scientist at regenerative-medicine company Organovo. "We printed 10 this week. We're still learning how to best condition them to be good, strong blood vessels."
Most organs in the body are filled with veins, so the ability to print vascular tissue is a critical building block for complete organs. The printed veins are about to start testing in animal trials, and eventually go through human clinical trials. If all goes well, in a few years you may be able to replace a vein that has deteriorated (due to frequent injections of chemo treatment, for example) with custom-printed tissue grown from your own cells.
The barriers to full-organ printing are not just technological. The first organ-printing machine will cost hundreds of millions of dollars to develop, test, produce and market. Not to mention the difficulty any company will have getting FDA approval.
"If Organovo will be able to raise enough money this company has [the] potential to succeed as [the] first bioprinting company but only time will show," says Dr. Vladimir Mironov, director of advanced tissue biofabrication at the Medical University of South Carolina.
Organovowalked Wired.com through the process it uses to print blood vessels on the custom bioprinter.
Above:
Shepherd places a bioreactor inside an incubator where it will be pumped with a growth medium for a few days. The bioreactor uses a special mixture of chemicals that are similar to what cells would see when they grow inside the body, which will help the cells become strong vascular tissue.
Senior research scientist Ben Shepherd removes stem cells from a bath of liquid nitrogen. The cells will be cultured to greatly increase their number before being loaded into the printer. Eventually these cells could be taken from a variety of places in a patient's body -- fat, bone marrow and skin cells -- and made into a working vein.
The first step of the printing process is to lay down a material called hydrogel, which is used as a temporary scaffolding to support the vein tissue.
The custom-made printer uses two pump heads that squirt out either the scaffolding structure or the cells into a petri dish. The pump heads are mounted on a precision robotic assembly for microscopic accuracy. The head on the right is dipping into the container of hydorogel in the photo above.
Photos: Dave Bullock/Wired.com
Lines of the hydrogel are laid down in parallel in a trough shape on the petri dish. Then cylinders of cell pellets are printed into the trough.
One more cylinder of hydrogel is printed into the middle of the cells, which serves to create the hole inside the vein where blood will eventually flow (below).
The printed veins are then left in a different growth medium for several weeks. The cells soon release from the hydrogel, and a hollow tube of vascular cells is left behind.
Photo: Dave Bullock/Wired.com
The printed cells in tubular form are then placed into the bioreactor. The bioreactor (above) pumps a special cocktail of proteins, buffers and various other chemicals (below) through the printed vein. This conditions the cells to be good, strong veins and keep them happy.
After their stay in the bioreactor, the pellets of cells grow together to form veins which can then be implanted in the patient. Because the veins are grown from the patient's own cells, their body is more likely to accept the implanted vein.
Photo: Organovo
Sobre la curaduría en la periferia. Por: Cuauhtémoc Medina

- A lo largo de la década pasada hizo su entrada en la periferia un nuevo agente cultural, el curador de arte contemporáneo. El título de “curador” no surgió por la definición universitaria, sino por la emergencia de un cierto número de agentes que se apropiaron del modelo metropolitano del “curador independiente” para acompañar la ruta de los artistas locales hacia las prácticas post-conceptuales, transformar las estructuras de representación artística local, y negociar los términos de la inserción de obras e historias en el circuito global. Esa intervención estuvo definida por una alteración de la geopolítica cultural. El arte dejó de operar sobre la base del monólogo de los centros de “arte internacional” que, desde 1945, correspondieron a las capitales de la OTAN, y la marginalidad de las versiones más o menos desarrolladas de arte moderno del resto. Ese tránsito hacia una escena integrada requería de una interacción muy distinta que la mera selección de autores: supuso hacerse cargo de pensar el contexto y los medios de la cultura emergente como un campo de batallas, asumidas sin la conocida mezcla conservadora de la paranoia y la resignación.
- Donde quiera que apareció la noción de curador fue para instigar conflicto, deseo, ansiedad, posibilidades y crisis. La palabra “curador” quedó inscrita, en América Latina, con la obsolescencia de las prácticas expresionistas, humanistas y líricas que habían sobrevivido en el continente ya por el tradicionalismo de los circuitos regionales o bajo el amparo de pensarse como una estética de resistencia frente al arte del imperialismo. A la vez, aparece con la formación de una variedad de modos de autorreflexión, que han hecho de la tarea curatorial un quehacer que expone públicamente sus contradicciones. Como la curaduría involucra tácticas y tomas de posición facciosas, todo enjuiciamiento en masa de “los curadores” es una simplificación tan bárbara como sería juzgar colectivamente a “los artistas”. Bien se sabe que siempre es más fácil castigar al mensajero que hacerse cargo del mensaje. Alabar o despotricar a la curaduría en general deriva de añorar una despolitización donde el campo cultural no hiciera explícita la diferencia de poderes, estéticas y modos de operación. El odio indiscriminado por el curador y el arte contemporáneo suelen ser la expresión del sentimiento más reaccionario que existe: la nostalgia por un sistema de dominación previo. Pero como en la práctica artística misma, toda intervención curatorial depende de ahondar y/o provocar distinciones. Hacer valer ante el hipócrita lamento por el “todo se vale,” un actuar por y en contra determinadas formas de cultura.
- En lugar de aniquilar la crítica, la curaduría debería demandarla, pues sólo puede validarse en relación a las respuestas que provoque. Entre más partidista, explícita y clara es una trayectoria curatorial, más debiera esperar enfrentar otras tomas de partido concretas. Sin embargo, es cierto que sus formas más integradas y tímidas pueden generar una apariencia de pacificación. No obstante, el arte no se entiende históricamente sino como un despliegue constante de fricción. Es el carácter rijoso del campo artístico el que impulsa a la curaduría a no asumirse como entretenimiento ni apaciguamiento.
- La irrupción de la curaduría de la periferia en los 90 vino precedida de dos movimientos cruciales. Primero la emergencia, a la par del conceptualismo, de un nuevo tipo de agente cultural (encarnado en el trabajo de gente como Seth Siglaub, Lucy Lippard y Harald Szeemann) que extendió a la institución de la exhibición la inestabilidad y autorreflexión que los artistas post-vanguardistas habían instaurado en relación a la noción del arte. De ahí la frecuente alianza, a nivel simbólico, de la curaduría con esa clase de prácticas y su progenie. Un segundo momento fue la generalización, a lo largo de los años 70 y 80, en los centros artísticos, de curadores independientes a cargo de romper la lógica de los intereses internos de los museos e instituciones culturales. Ese proceso vino a radicalizarse a medida que toda una gama de no profesionales se fueron haciendo presentes como “curadores”: artistas, críticos, historiadores, filósofos, reformadores sociales, etc. Traer a alguien a curar una muestra o bienal ha sido un método por el cual se propicia una cierta autonomía, que impide que el programa artístico sea la transcripción de los intereses y gustos de patrones, artistas y burócratas, para apostar a generar un interés público incluso contra el interés aparente del público mismo.
- Desde el punto de vista de una sociología de las profesiones, la implantación del curador plantea una perturbación de la división del trabajo y de la topografía de los saberes. El curador simboliza una cierta “desprofesionalización”, que corre en sentido contrario del sentido común que piensa que todo nuevo oficio implica el avance de una cada vez mayor especialización de los saberes científicos o técnicos. Uno de los elementos más perturbadores de la función del curador es que combina de modo casuístico tareas, saberes y poderes que bajo la mentalidad modernista, debieran haber sido ejercidas por gremios independientes y especialistas “objetivos”. En tanto el universo conceptual modernista suponía que las tareas del crítico de arte, historiador, museógrafo, artista, comisario de exhibiciones, connoisseur, restaurador, administrador cultural, productor de cine, sparring, y activista cultural no podían mezclarse, la curaduría es frecuentemente un Frankenstein ad hoc de esas modalidades. En efecto: la noción de “curador” nos lanza de lleno en el mélange postmoderno de cierta confusión disciplinaria. Fenómeno que lejos de ser una aberración, es el acompañante lógico de un arte, que en sus mejores expresiones plantea un desacomodo, una crítica o una desobediencia de las vías instrumentales y las convenciones epistemológicas de la sociedad. Pero la curaduría no asume su canibalismo sin discreción. La selección de sus tácticas y encarnaciones tiene que ser estratégica.
- Aun cuando hoy hay una pandemia de posgrados de curaduría, el sistema artístico sigue siendo un paraíso de improvisados. Pero es la informalidad —donde para ser curador casi basta con declararse como tal— uno de los principales antídotos contra la neutralización de una cultura gozosamente volátil.
- Por supuesto, esa canibalización e indeterminación de funciones implica que en sentido pleno, la “curaduría” no es una profesión, con el sentido de fidelidad y confiabilidad técnica que quería Max Weber, sino una función que debe reinventarse cada vez que se le asume. Hay ciertas modalidades de práctica curatorial más o menos estables, especialmente en el caso del curador de museo, el llamado curador institucional. Éste define políticas de exhibición y colección, negocia el flujo de discursos y recursos entre públicos, patrocinadores, burócratas y artistas, y procura asegurar que la sociedad tenga una bitácora confiable de los corrimientos del arte contemporáneo con cierta diversidad. Sin embargo, hay toda una franja que se define por reinventar continuamente el dispositivo de producción y circulación cultural, induciendo nuevos retos de visibilidad artística, imbricándose con el radicalismo de los movimientos culturales, cuestionando los espacios, canales y métodos de comunicación, y apoyando apasionadamente una facción de artistas. Juzgar a la curaduría sobre la base de preguntarse quién deja entrar determinada cosa al museo es una ingenuidad: lo monstruoso de la curaduría estriba en no tener una tarea predefinida, sino establecerse de acuerdo con las necesidades de cada proyecto o circunstancia. También por esa maleabilidad es una actividad política.
- Hay dos cuestiones que hacen de la curaduría un dispositivo renuente al ideal de pureza crítica del intelectual del siglo XX. Por un lado, el territorio de sus operaciones es el pensamiento y la acción sobre lo particular, lo que lo liga al campo de juicios reflexivos que inventó la estética moderna. Por el otro, no es un ejercicio puro de crítica: deriva de una negociación con poderes, saberes, poéticas y públicos. El curador no puede escoger no negociar. Pero puede aspirar a jamás negociar el modo en que negocia.9.- Con todo, la curaduría puede ser fiel a su etimología derivada de la noción de “cuidar”, y aspirar a ser una cierta clase de servidumbre. Alguien debe abanicar al artista, darle agua, y proveerlo de una silla, para luego provocarlo con una idea, mostrarle un dilema, o convocarlo a donde no pensaba ser llamado. Que haya relaciones de complicidad entre curadores y artistas es parte esencial del juego. Pero se equivoca quien piensa que esas relaciones pueden progresar como una aplicación de justicia universal. Con frecuencia, las relaciones culturales no pueden evitar operar bajo el signo de cierto abuso. A lo más que el curador puede aspirar, frente a instituciones, mercados y discursos absurdos, es conseguir un cierto abuso mutuo.
Cuauhtémoc Medina*
Fuente: http://salonkritik.net/08-09/2008/09/sobre_la_curaduria_en_la_perif_1.php
“Todo ser humano es un artista”, Joseph Beuys.







Hablar de Joseph Beuys es hablar de uno de los artistas más representativos del siglo XX. Fue él quien manifestó en cada una de sus propuestas, que la meta de su arte era curar. “Todo ser humano es un artista”, afirmaba. Y es que para Beuys, la creatividad era el verdadero capital, creatividad que se debía entender como la verdadera fuerza revolucionaria transformadora que está presente en cada individuo. Cada uno contribuye en la mediada de sus propios rendimientos individuales a una utopía de la sociedad como “plástica social”. Para él el cuerpo es el objeto artístico en sí mismo.
Beuys es considerado un maestro inteligente con normas severas. Fue él quien hizo de las cosas sencillas de la vida cotidiana elementos integrantes de su arte. Él confiaba mucho más en la imaginación, en las facultades que están latentes en cada ser humano, que en los talleres perfectamente instalados y en las máquinas más modernas. Pero hay que aclarar que no era en absoluto, un enemigo de la técnica.
Beuys, nació el 12 de mayo de 1921 en Krefeld y murió el 21 de enero de 1986 en Dusseldorf. Se formó como escultor en la Academia de Dusseldorf, fue profesor de escultura, co-fundador del movimiento europeo “FLUXUS”. Su trabajo es el mejor ejemplo de la apertura artística que caracteriza a la mayor parte de los artistas vinculados a aquel colectivo. Beuys plantea, en algunas de sus obras, cómo la especie humana es la destinataria del concepto de arte y, por tanto, recurre al tratamiento del cuerpo humano como una herida.
Beuys, pasional y romántico, piloto de guerra, quien caerá de su avioneta para luego ser salvado por unos campesinos tártaros, regresará, por así decirlo, a la vida, para transformar su experiencia traumática y para entender que la misión del arte era recupera los mitos ancestrales y establecer una estrecha relación con la naturaleza. A partir de ahí recurrirá al uso de materiales como el fieltro, la grasa, animales muertos, y basuras.
De esta manera otorga una nueva dignidad a los desechos y da una nueva utilidad a lo usado. Sin duda, esta era una manera de sentar posición frente a una sociedad consumista. Con sus materiales característicos desarrollará una pintura, escultura e instalaciones ricas en metáforas y símbolos. Sus obras plantearon en su momento, años 60, 70 y 80, preguntas que afectaban a todo ciudadano: la relación entre el hombre y la técnica, entre naturaleza y civilización, entre el arte y la vida, temas que hoy recobran una actualidad contundente.
Beuys asumió su cuerpo como elemento de comunicación y lo llevó a sus últimas consecuencias. La forma que adopta el cuerpo en el espacio, los ademanes, la postura, las expresiones del rostro, la mirada, proyectan mensajes y concretizan esa relación del sujeto con el mundo. El artista alemán recurrirá al cuerpo para presentarse como el artista chamán y realizar sus actividades de corte crítico – social y político y poner de manifiesto la relación destruida entre el hombre y la realidad. Su papel entonces, era salvar a una sociedad que el consideraba muerta.
Y esto se liga de inmediato al profundo sentimiento religioso que lo acompañó.
Rechazó toda forma de violencia, cuestionó la guerra y todas las formas del terror pues sabía que el objetivo del terror, no es producir orden sino caos. Y sobre esta idea, podemos decir que Beuys subraya, indica y señala su propuesta artística. Fue un artista que trabajó incansablemente hasta agotar sus propias fuerzas.
Militó en el accionismo. Entre sus acciones más destacadas se encuentra “Acción COYOTE”. En 1974, el artista es invitado a dictar varias conferencias en Estados Unidos. En esta ocasión presenta la acción – drama: Me gusta América y a América le gusto yo.-
A su llegada al aeropuerto Jhon F. Kennedy de Nueva York, aparece Beuys envuelto en una manta de fieltro, de inmediato es conducido en una ambulancia al interior de la Galería René Block. Allí permaneció tres dias y tres noches, en un espacio enjaulado con un coyote salvaje, animal sagrado para los indios de Norte América.
El artista ocupa el espacio de la galería y cada día que pasa va recopilando ejemplares del Wall Street Journal, diario que significaba para él, el símbolo del capitalismo en Estados Unidos. Lo acompañan en la acción – drama, una linterna, un bastón, un triángulo colgado en el cuello con el que de vez en cuando hace música, un magnetófono y varias tiras de fieltro sobre las que duerme.
Al coyote y al artistas los separa unas rejas. Beuys accede al espacio del animal, en algunas ocasiones, con su cuerpo cubierto por las tiras de fieltro y el bastón de mando, para hablar con el coyote.
En esta acción el artista se convirtió en una escultura de formas permanentemente variables.
El resultado final es que el coyote se acostumbra a la presencia de Beuys, hasta que el artista llega a dormir sobre las pajas en donde dormía el animal y el coyote se acuesta en las tiras de fieltro del artista.
La acción termina cuando Beuys abraza al animal, para después esparcir, por toda la galería, la paja en la que ambos durmieron durante los tres días.
De nuevo, Beuys, se cubre su cuerpo con la manta de fieltro y colocado en una camilla es conducido en ambulancia al aeropuerto sin pisar otro suelo de nueva York que el de la galería.
A propósito nos dice Ana Maria Guasch: “Con esta acción multiculturalista, Beuys formuló una hermética pero rotunda crítica a la política estadounidense en relación con los piles rojas, crítica que aludía al “trauma americano” que Beuys ayudaba a superar a través de sus relaciones de tú a tú con el coyote, con el “otro”, como “otros” eran los pieles rojas”. De nuevo, aparece el cuerpo del artista como el elemento redentor frente a situaciones difíciles para la sociedad. De ahí que él siempre hablara de su trabajo como “escultura social”. En el momento histórico en el que Beuys produce su obra, era muy difícil,de asimilar para un gran público.
En sus obras hay una fealdad provocativa, como dice el alemán Wiegand, y lo informe de tantos productos de Beuys – de los que muy pocos pueden ser considerados como obras de arte en el sentido tradicional del término. Wiegand, conocedor de la obra de Beuys y persona cercana a él, nos dice: “Todo pueblo tiene los artistas que merece. ¿Hemos de asombrarnos tanto, realmente, de que después del clasicismo impuesto dictatorialmente durante la época nazi – vuelva uno de la guerra y se apreste a crear un arte por así decirlo sucio, sólo por no entrar de ningún modo en contacto con la belleza, tan cruelmente pervertida?.
Si ha habido en un terreno cualquiera de lo visual esa labor de duelo y esa elaboración crítica del pasado tan reclamadas, lo ha sido en y con Joseph Beuys, que ha hecho esta tarea él sólo y sin ayuda de nadie. Su obra aparentemente tan absurda y quimérica, es medida, como se ve, con la vida misma, y su fuerza profética encuentra aceptación tan pronto como se ve confirmada por los hechos: su visión de la realidad. Beuys, era un realista”.
Toma fuerza la reflexiona sobre el tema de la violencia y cómo lo asumen los artistas, por lo tanto es importante referenciar una obra profética del artista alemán: Cosmos y Damián, realizada en 1974.
Reconocemos el horror que nos causó la catástrofe del 11 de septiembre. Jamás podremos borrar de nuestras mentes, las imágenes de televisión, cuando las torres gemelas de desplomaban a causa de los ataques de aviones civiles al centro financiero de Nueva York.
Pero una catástrofe histórica de tales dimensiones cambia, por lo contrario, la aparición de las obras de arte, como por ejemplo, la de la obra de J. Beuys de 1974, Cosmos y Damián – que transforma tarjetas postales del World Trade Center en tres múltiples variantes.
Según el artista alemán , un cubo frío de cemento o de acero imposibilita la transformación y por ello se convierte en expresión de un estado terminal mortal. En el lado opuesto, el fieltro termoasilante, el cobre conductor y la grasa que se derrite por el calor, son materiales diversos que deberían ilustrar y poner en evidencia potencialmente, los estados de agregación del arte. Sin ser, en el sentido real “símbolos” de ciertos contenidos. Y es que el entendimiento común del concepto de capital estaba considerado por Beuys como No artístico – y sostenía: porque el dinero, aún sin ser trabajado, produce intereses.
De nuevo, en esta obra, el artista chamán, transformó la apariencia de los rascacielos gemelos en dos torres de grasa. El hecho de transformar la apariencia de los rascacielos en dos torres de grasa, lo que estaba proponiendo de acuerdo a su teoría plástica: era substituir el frío “sistema terminal del capitalismo inhumano” que tenía además una “forma mortal”, afirmaba el artista, - en el “capital de la creatividad del calor social”.
De todas maneras esto no era suficiente para una verdadera curación – recuerden que curar fue una de las metas centrales para el arte de Beuys. Entonces lo que el artista hizo fue complementar su cometido, con una selección onomástica. Como dedicatoria, escribió sobre ambas torres en forma vertical, los nombres de los gemelos árabes : Cosma y Damián. En una grafía inglesa Cosmas se transforma en “Cosmos”, incluyendo así el significado de globalización.
La historia de los gemelos árabes Cosmas y Damián habla de los dos santos de la antigüedad – llamados “los desposeídos”, porque no cobraban por sus curaciones, ya que según la leyenda, transplantaron la pierna de un moro a un enfermo de tez blanca. Los mártires cuya fiesta se celebra en septiembre – se convirtieron en patrones de los médicos y farmacéutas.
Por largo tiempo, la terapia de los gemelos Cosmas y Damián, fue sólo el recuerdo de una ilusión artística de Joseph Beuys, fallecido ya hace 24 años.
A propósito Thomas Zaunschirim escribió: “en la pintura al blanco y negro de los fanáticos fundamentalistas no existe una evolución histórica. Ya que Dios ha sido sustituído por el dinero, la catedral del mundo occidental, como símbolo de la comercialización globalizada, se convirtió en blanco del odio acrítico y la destrucción. Desde hace algunos meses la obra múltiple de Beuys ha cobrado una actualidad angustiosa”.
Fuentes: notas de clase y revista Humboldt.













